Sentía la boca seca aunque la lluvia mojara
su cara. Sus manos y pies estaban entumecidos por el fuerte lazo que los
enredaba y la piel había comenzado a adquirir un cierto tono azul propio de lo
que ahora llamaríamos hipotermia. Sus ojos color miel, habían perdido el brillo
que se caracterizaba y las grandes ojeras que los adornaban le hacían perder la
poca belleza que quedaban en ellos. Sus pómulos habían desaparecido y su cara,
antaño adornada por unos grandes labios carnosos y una redondez enternecedora, se
encontraba con unos labios pálidos y secos
y un mentón que parecía más bien una punta de un triangulo.
Intentó formar algo de saliva en su boca
pastosa, al no conseguirlo abrió un poco los labios y saco la lengua blanca,
dejando que algunas gotas de agua cayeran lentamente, refrescando la cavidad bucal.
Un latigazo le hizo gritar de dolor y doblarse hacia atrás mientras era
estirada por el pelo castaño y sin brillo por uno de los monjes que la llevaba
presa. Escuchaba algo de que no debía beber lo que el gran Detiroz[1]
regalaba a los buenos de corazón y que los seguidores de Radamintas[2]
debían ser eliminados.
El dolor y la poca alimentación hacían que
sus sentidos dejaran de funcionar en leves lapsus de tiempo, haciendo que
perdiera la consciencia por pocos segundos. Volvió en sí, sintiendo como
tiraban de su cabello y hacían que caminara dando zancadas. Tosió sintiendo la
garganta áspera mientras el poco aire que entraba por los pulmones le pinzaba
en todo su ser. Le escocían las heridas de su espalda, perfectamente elaboradas
por el nuevo juguete de los Tzarishak[3],
un látigo de cuero con diferentes dientes de cocodrilo incrustados a lo largo
de su estructura y con dos esferas perfectas de lo que parecía ser zarinio,
metal que siempre ardía lloviera o nevara.
Las heridas habían sido impregnadas por un
mejunje a base de pimienta, sal, aceite y ruda, provocando un escozor
insoportable incluso para el héroe de cualquier historia. La piel parecía que
quemara, deseando que al reo le dieran ganas de arrancársela de cuajo. El mejunje,
junto al fuego del zarino hacía que le fuera insoportable tan siquiera intentar
respirar. Sin saber cómo había llegado a la pila de troncos puestos de manera estratégica.
-Estamos hoy aquí para devolver esta alma impura al infierno de donde pertenece. Thidaira, has sido acusada del uso malintencionado de los dones que te entregó Aliz, diosa maga hija de nuestro gran señor Detiroz. Por haber embrujado a la reina Sahira quien había sido encontrada desnuda desmayada en brazos del conde Kiron. Por haber utilizado las artes mágicas para tu uso y beneplácito haciendo que las tierras del conde Shiman y el conde Kiron perdieran propiedades para la cosecha y por haber embrujado al que es ahora tu marido Hardblack con quien tuviste tu hija Thadaria – Thidaira abrió los ojos ante el nombramiento de su hija y la vio en brazos de su marido – como portadora del mal de Radamintas, también será purificada –abrió los ojos desmesuradamente.
-Se…señor – Thidaira habló forzando muchísimo la garganta – por favor, señor, yo soy la única – tosió dolorosamente – soy la única culpable. Por favor… mi hija es tan pura como cualquier otro niño
-¡Silencio! Thidaira has sucumbido a las artes de Radamintas y tu estatus de sacerdotisa, junto a tu pureza, murieron en ese mismo instante – la voz de ultratumba resonaba en los oídos de la muchacha, de no más de 28 años – esa cosa, es tan pura como tú… sucia ramera
-Hardblack, por favor… - miró a los ojos de su marido, pero este tenía la cara desencajada, los ojos verdes se veían inquietos y el labio era mordido levente – por favor… llévatela – el hombre vio a otro a su lado, con ropas de un fino y caro tejido de colores dorados y blancos impolutos. Tenía el pelo canoso y corto. Más bien obeso la cara estaba completamente redonda y de un color rosado, denotando su gran salud. El hombre lo miraba con una cara desquiciada y sus ojos eran rojos como la sangre. Le enseñó un saco pequeño de color marrón donde podía intuirse que dentro habría una abúndate soborno. Thidaira contuvo la respiración, pues ella vio lo mismo – no… por favor – susurró temiéndose lo que iba a pasar
-No puedo tener a mi cargo un ser del mal, Radamintas entró en tu cuerpo y me usó para crear esto – alzó al bebé de tan solo seis meses quien había empezado a llorar al sentir la lluvia en la cara – esto, se irá al infierno contigo Thidaira.
-¡No! –chilló la muchacha, recuperando fuerzas que ni sabía que tuviera. Forcejeó con el verdugo que la sostenía e intentó abalanzarse contra su marido - ¡Tú, maldito desgraciado! ¡Serás capaz de matar a tu propia hija por unas cuantas monedas de oro! ¡Maldigo el día en el que te conocí! ¡Maldigo el maldito día en el que naciste! ¡Bicho repúgnate que no sirve para nada! ¡Suelta a mi hija! – el verdugo tiró con todas sus fuerzas de las cuerdas para sujetar a la enloquecida mujer. Necesitó la ayuda de tres hombres más para poder detenerla y que no matara con sus pequeñas manos al marido asustadizo. La lluvia se hizo más intensa y los rayos iluminaban el cielo dando la sensación de que había un sol reluciente a cada segundo.
-Aquí lo ven, pueblo de Reishkuf, Radamintas le ha dado la fuerza suficiente para intentar matar a su propio marido ¿Qué nos hará a nosotros si la soltamos? - la gente empezó a murmullar y a separarse de la mujer dejando una separación circular alrededor de ella – enciendan la pira - uno de los monjes se acercó un zarinio colgando de un pequeño hilo de cobre y lo acercó a las ramas mojadas, quienes empezaron a arder dejando ver una llama azulada característica del mineral – traed al bebé.
Mientras Hardblack llevaba a su hija a manos del tzarishak, Thidaira gritaba y forcejeaba contra los tres hombres que la tenían sujeta, rasgando la piel de sus muñecas. Su cuerpo se congeló cuando vio como aquel hombre, que se creía con el poder del gran señor Detiroz, acercaba el cuerpo de su pequeña a la pira, hacia una seña pareciendo una circunferencia con una cruz dentro y la tiraba dentro. El fuego envolvió el pequeño cuerpo dejando ir un humo grisáceo casi blanquecino. El bebé lloraba intensamente mientras la joven madre chillaba pidiendo ayuda a algún aldeano para que sacara a la pequeña de allí dentro. El hedor a carne quemada, pelo, ropa junto a los llantos del bebé hicieron que el silencio abundara en la muchedumbre. Pasado un cuarto de hora, Thadaira había dejado de llorar provocando un grito ensordecedor de la madre, quien se derrumbó en el suelo mientras lloraba amargamente.
-Traed a la puta – volvió a romper el silencio sepulcral el tzarishak. Entre el verdugo y un monje, levantaron a la mujer como si fuera una pluma y la pusieron delante de él. Este hizo el mismo símbolo y señaló que la metieran dentro de la pira. El verdugo aporreó las dos rodillas de la joven con un gran mazo hasta que escuchó un crujido. Luego la tiró dentro del fuego que había quemado a su hija. La mujer chillaba de dolor físico y emocional, atinando a acercarse entre las llamas a los restos de su pequeño bebé y llorando desesperadamente. Mientras se quemaba su cuerpo, dejó de llorar y chillar y alzó el rostro mirándolos a todos.
-Reishkuf, habéis sido condenados al haber matado a esta alma pura. Vosotros, quienes erais elegidos por Detiroz, habéis sucumbido al mal y a la discordia de Radamintas. Habéis firmado vuestra sentencia, pues ya nuestro señor dejará de escucharos. ¡Que las tinieblas que habéis invocado con vuestras acciones os atormenten por toda la eternidad, a vosotros y vuestras familias por siempre! – Un rayo dorado cayó en la pira, haciendo que el fuego cambiara de color a uno verdoso con tonos dorados. La mujer dejó de hablar, dando un último grito de dolor, retumbando por todo el lugar para luego dejarse caer en las llamas.
Apareció encima del fuego, la figura de una mujer de esbelta figura, con cabellos azabaches recogidos en un moño perfecto. Vestía una túnica blanca con dejes dorados a las mangas y un cinturón del mismo color. Tenía una tiara en la frente con el símbolo que la identificaba como la diosa de la benevolencia y de la guerra justa. Descendió hasta las llamas y cogió el cuerpo carbonizado de Thidaira y le tocó la frente, haciendo que saliera un ser vaporoso de la misma apariencia que la joven mujer. Soltó el cuerpo y metió el alma en una especie de medallón verde con pequeños diamantes incrustados.
-Habéis sido maldecidos por la única hija que he tenido, hija que me habéis matado. Todas sus palabras serán cumplidas, pues yo Aliz, me ocuparé de ello personalmente. Aunque yo, añadiré algo más: nunca, en ningún concepto, sangre de Reishkuf será libre, será feliz o será bendecida. Puesto que si sois capaces de hacer esto a un bebé – señaló los trapos de lo que sería su nieta – sois capaces de hacer cualquier cosa. De ahora en adelante se os eliminan las riquezas – chasuqeó los dedos haciendo que los hombre que antes sonreían, se atemorizaran al perder las ropas y las monedas – el poder, las tierras y todas las posesiones por las que habéis creído ser mejor que nosotros. Que el peso de la muerte de mi hija se cierne sobre vosotros en forma de desgracia. Así es decretado en el nombre de Detiroz – la mujer se volvió luz verdosa y desapareció de la vista de los habitantes de Reishkuf quienes miraban la pira con miedo.
Poco después, la isla de Reishkuf fue asaltada y conquistada por unos barbaros del norte, quienes mataron o hicieron prisioneros a los hombres, violaron a las mujeres, los niños fueron vendidos como esclavos y saquearon las tierras. El pueblo que acabó con el poder de la isla se llamó Thidairek y su jefe, Thidor, fue uno de los más severos reyes que los habitantes de la isla habían tenido.
Para quien le interese, Hardblack, fue uno de
los hombres que habían sido prisionero y vendido como esclavo para luego ser
asesinado por el hijo de su dueño, que quiso practicar el tiro de jabalina con
carne humana.
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[1] Dios primario, creador
[2] Hermano de Detiroz, dios de la
maldad
[3] Inquisidor

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